Alla prima y del natural

Pintando en directo, del natural, indago la permeabilidad posible entre la pintura y lo pintado. Trabajo al alla prima. La pintura transcurre en un tiempo acotado y una vez que dejo de pintar no vuelvo a intervenir la imagen. Pintar de esta manera y hacerlo al óleo, en pequeño formato y sobre la superficie de un soporte firme como lo es la tabla entelada -que me permite borrar y mover la pintura con soltura- son elecciones que permiten concentrarme y atender lo que se presenta durante la sesión y resolverlo en esos términos. Al pintar procuro estar en una disposición contemplativa, de apertura hacia lo que estoy observando. Es así que entro en relación con aquello que desde mi entorno próximo me llama a pintar. La relación que establezco con los distintos modelos varía según su naturaleza y en ésta cobra relevancia la forma en que desde mi propia corporalidad interactúo con la corporalidad de cada uno de ellos. El tema, tanto como las circunstancias en las que lo abordo, ocupan un lugar central en mi trabajo.

Naturaleza muerta

Escojo como modelos objetos que por sus dimensiones se adaptan a la forma de mis manos. Son objetos abarcables, pequeños y manipulables. La manualidad y el sentido del tacto podrían ser lo que resume mi rela­ción con ellos. La naturaleza quieta de la piedra, de un jarro o de un ajo cuya disponibilidad podríamos decir que es completa, me permite atender con mayor libertad aspectos propios de la pintura, entretenerme con su materialidad en las distintas densidades propias del óleo o en el encuentro entre planos de color.

En el cuadro -que para este motivo suele ser cuadrado- la figuración del objeto se ubica al centro. Como en torno a éste no hay grandes sobresaltos -a veces su sombra, una línea de horizonte o un plano mayormente homogéneo- la mirada tiende a llegar al centro en un movimiento de fuerza centrípeta. El fondo en torno a la figura tiene un efecto silencioso y actúa como marco: busca aislar al modelo de su entorno, separándolo de su contexto ordinario.

Retrato

En la experiencia con el retrato la persona adapta su tiempo y su cuerpo a una pose, y sostiene esta pose durante una sesión de alrededor de dos horas. La presencia del otro y su tempo propio producen una cierta urgencia, determinando el ritmo de la ejecución.

La pose implica una conciencia por parte del modelo y en este sentido la diferencia entre sueño y vigilia es radical. Existe una tensión singular al mirar a alguien que posa, la tensión de ser yo a la vez observada por el otro. El hecho de que sea un semejante que por lo mismo puede interpelarme y la situación de espejo que ocurre -donde lo mirado tiene la capacidad de devolver la mirada- crea una situación de cierta tensión o confrontación al momento de pintar.

Paisaje

Salvo que se mire por una ventana, la pintura directa de paisaje implica que uno está sobre el modelo, pisándolo y a la vez rodeado por éste. Su presencia está en todas direcciones en torno mío; no sólo a la redonda, sino también hacia arriba (el cielo) y bajo mis pies (la tierra).

Con el paisaje mi mirada barre el lugar, no se detiene ni enfatiza nada en particular. Es una mirada en permanente movimiento, y aunque pintar es en cierto modo fijar, lo que pinto o fijo es una mirada moviéndose. El encuadre que aparece en los paisajes actúa como recorte, los elementos que allí vemos representados se encuentran incompletos y sus fragmentos señalan la existencia de un fuera de cuadro. Por lo mismo, al mirarlo la atención tiende a moverse desde el interior hacia el exterior del cuadro. Este movimiento de fuerza centrífuga, inverso al movimiento centrípeto de las naturalezas muertas, se corresponde con mi experiencia del paisaje como lugar abierto, extenso, que pone en tensión mis propios límites.